EL COMANDANTE CIRIACO CUITIÑO, PROPIETARIO EN BOEDO

La que fuera la casa de Cuitiño, en Av. Independencia 3549



Hace algunos años, investigando en el Archivo del Teatro Nacional Cervantes, di con un original de Héctor P. Blomberg, que tiene el encanto de las tachaduras, sobre agregados, anotaciones al margen, de quien ha corregido un artículo que acaba de escribir. Desconozco el destino que su autor deseó darle a ese artículo, en el que con gracia cuenta un hecho histórico, relacionado con el barrio de Boedo. Es un placer compartir con Uds. Este escrito del autor de “La Pulpera de Santa Lucía”.

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“Cierto día don Juan Manuel de Rosas, que se hallaba de buen humor a causa de alguna noticia secreta recibida de Santiago del Estero, donde gobernaba su fiel compadre don Juan Felipe Ibarra, le preguntó a su edecán mayor, el General Corvalán, con quien estaba mateando:

- ¿Qué le pasa al comandante Cuitiño, que lo veo con trompa desde hace algún tiempo, Corvalán?-

- El jefe de los Vigilantes a caballo parece que anda algo quejoso, señor.-

- ¿Quejoso? ¿Y de qué se queja el tremendo federal? ¡Hable Corvalán!-

- Anda murmurando que V.E., que últimamente le regaló al general pacheco los campos del Talar, y a mí me hizo el honor y el beneficio de escriturarme el campo de los Alfalfares de Rosas (hoy Belgrano), anda murmurando, repito, que V.E. se olvida de otros servidores más humildes, pero más fieles, que nunca reciben nada más que buenas palabras.-

- Mándelo llamar en el acto- Dijo Rosas, riendo con su habitual socarronería.

Minutos después el temible federal se presentaba ante el restaurador de las leyes.

- Acá estoy para servirlo con alma y vida, como siempre, excelentísimo señor gobernador.-

- Le he mandado llamar para decirle que yo no me olvido de mis comandantes, cuando se trata de recompensar sus servicios a la Federación y a mi persona, comandante Cuitiño… Dentro de ocho días preséntese en la escribanía de Montaña, que hoy mismo recibirá mis instrucciones, y verá como después de los generales Pacheco y Corvalán, usted también tendrá su valiosa propiedad en tierras… Vaya no más comandante.-

A la semana siguiente el insigne mazorquero presentábase puntual en la oficina del escribano Montaña, que era el notario de confianza de Rosas.

- S.E. me dijo, señor Montaña…-

- Sí, comandante… Firme aquí… Esta es la escritura de los terrenos que el señor gobernador le hace por sus servicios…-

Cuitiño empezó a leer y cambió de color. La desilusión y el enojo que intentaba en vano contener hacía temblar su copiosa y renegrida barba.

- ¿Esto es lo que me regala S.E.- gruñó irritado- un bañado lleno de cabras…? ¡ A mí que le sirvo mejor que nadie!-

El escribano lo miraba gravemente.

- Usted lo conoce bien a don Juan Manuel, comandante... Tenga cuidado con lo que dice… Ahora, vaya a tomar posesión de su…bañado…-

Los terrenos que Rosas regalaba, irónicamente, al terrible y envanecido federal era efectivamente un cañadón de aguas estancadas, situado a una legua al sudoeste de la ciudad y conocido, entonces como “el bañado de las cabras”.

Hoy es el rico, populoso y brillante barrio de Boedo.

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Hasta aquí la nota de Blomberg. Sobre este episodio, se cuenta otra versión, que Rosas ante el reclamo del mazorquero, decidió cederle estos terrenos empantanados, que él conocía bien, pero no Cuitiño. Dicen que éste se montó a su caballo y enfiló rumbo al oeste y, que al legar a la zona que le pertenecía, comprendió la broma que le jugara su amor, no dijo una palabra y comenzó a rellenar los terrenos.

La verdad es que si bien, Cuitiño tuvo tierras en San Cristobal, cuyo limite oeste se recostaba sobre la actual Avenida Boedo, sus tierras, miraban a la mano de Independencia en cuestión. Esa casa, jamás fue de Cuitiño.
Resumen de artículo: Revista Galaxia Porteña, año 1 nro 6, octubre 2004
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